domingo, 26 de julio de 2015
Nocturno Bolaño
Uno de los primeros descubrimientos literarios durante mi primer año en la universidad, fueron los libros de Roberto Bolaño. El nombre no se me hacía conocido ni tampoco recordaba haberlo visto en alguna librería; pero parecía que gozaba de cierta reputación entre algunos compañeros de la facultad. Incluso alguno por ahí me dijo que yo no podría avanzar en la escuela de literatura si es que no había leído, al menos, Los detectives salvajes, "la biblia mundana de los escritores de hoy". Cuando me comentaban su estilo, sus historias, sus críticas y su lamentable muerte, me construían a un escritor extraordinario, incomparable, dueño de una capacidad inventiva como no se había visto en Latinoamérica desde los años sesenta: "Es más, hasta diría que Bolaño ha superado todo lo hecho por el Boom", me dijo uno de sus groupies más afanados, mientras me prestaba sin ningún tipo de remordimiento su novísimo ejemplar de Compactos Anagrama.
Creo que lo estuve leyendo durante un mes, pero no pude con Los detectives salvajes y, sin ninguna intención de quedar bien, le dije a mi compañero que me había parecido un libro aburrido, denso y sin emoción. Bastante impactado por mi respuesta me pidió que me quedara con el libro y le diera una segunda oportunidad: "No te puedo creer que no te haya gustado". Insistí en devolvérselo, agregando que tenía muchos otros libros por leer y que no tendría tiempo para darle oportunidad alguna.
Poco tiempo después, en el curso de Lecturas literarias II, debimos de leer el libro de cuentos Llamadas telefónicas, que según lo mismos groupies, era su mejor libro de cuentos. Para mí, el resultado fue el mismo: historias aburridas, caminos sinuosos que no llegaban a ningún lado, humor sin gracia, finales atropellados,...Un plomazo pretencioso. Para fundamentar mi crítica, dediqué casi dos semanas en revisar artículos y entrevistas que giraban en torno a Bolaño y en el acontecimiento que este había causado con sus libros, sobre todo después de haber ganado el Herralde. Entre todos los leídos, el que me sorprendió más fue uno de Jorge Volpi, quien sentenciaba que el chileno era el último escritor latinoamericano y que no habría más literatura después de su muerte. En aquel momento me sonó demasiado exagerado (de hecho, aún hoy me sigue sonando igual), por lo que opté por realizar una crítica donde trataba de destruir a sus admiradores y a situar a Bolaño como un escritor cuya fama se sostenía gracias a una campaña marketera hecha por su casa editorial (aunque esa es una verdad a medias, no confiaba en un editor que un año antes de Los detectives... había premiado a La noche es virgen de Bayly). Mi quijotada solo quedó reducida a unas cuantas intervenciones en clase y a la publicación de un breve -e inocente- ensayo en el blog de la escuela. Así, decidí no volver a leerlo ni a recomendar sus libros durante el tiempo que trabajé en una librería local.
Sin embargo, cuando acabé la carrera, sin recordar todo mi odio de cachimbo-aspirante a escritor, decidí volver a leer Los detectives salvajes y mi reacción fue: ¿Tantos años pasé sin haber leído a Bolaño? ¡Lo que hubiera sido mi carrera si la segunda oportunidad se la hubiese dado, al menos, durante mi tercer año! O había sido mi extraña animadversión hacia los escritores nuevos que desconocía, o una pésima lectura de una novela monumental, o alguna boludez propia que me impedía reconocer lo realmente bueno y original (en mi primer año era un ávido lector de un escritor que ahora no pienso mencionar por vergüenza). Hay que ser conscientes y reconocer que Bolaño puede no ser aceptado con facilidad por cualquier lector, pero hay que insistir con él, retarnos a que podemos superar sus cientos de páginas y descubrir un estilo diferente, diálogos sinceros, comicidad propia de un mundo posmoderno donde algunos pocos todavía insisten en hacer una crítica de novelas, poemas, pinturas y películas que solo un octavo del mundo se da el tiempo de revisar.
Pero de entre todo lo que se puede destacar de Bolaño, quizá su capacidad inventiva es la que más me sorprende: un escritor que viaja por el mundo (tanto de manera presencial como virtual) y que justo está presente en los acontecimientos que marcan un hito en la hitoria, está afortunadamente dirigido hacia la creación onanista y desmedida de universos complejos, entrañables, oscuros y envolventes. A pesar de que murió en el 2003, aún se siguen descubriendo manuscritos, cuentos de juventud, borradores, artículos firmados bajo seudónimos y toda una larga lista de páginas llenas de una visión avasallante acerca del mundo contemporáneo. Bolaño es dueño de libros pésimos (como El gaucho insufrible o La universidad desconocida), de novelas de largo aliento (como la monumental 2666 o Los detectives salvajes), de cuentos extraños e inclasificables (como los de Putas asesinas); pero todos ellos, que pueden ser odiados o alabados, muestran una visión de la vida -marginal en muchos de los casos- que debe de ser revisada, criticada y puesta en perspectiva: "Ya que estoy muerto, ¿qué hará ese personaje conmigo?; ¿por qué esa poeta es el infierno?; ¿quién es ese a quien todos leen y que nos lleva a una ciudad donde hay tantos muertos y desaparecidos?".
Ahora estoy leyendo Nocturno de Chile. Hace tiempo que me quería comprar un ejemplar. Pensé leerlo cuando tuviera más tiempo. No me resistí y ya voy por la mitad. Su inicio fue mi fin. Es que solo hay una forma de detener una historia que empieza así. Y esa única forma consiste en escribir sobre su autor y mi reivindicación: "Ahora me muero, pero tengo muchas cosas que decir todavía. Estaba en paz conmigo mismo. Mudo y en paz. Pero de improviso surgieron las cosas. Ese joven envejecido es el culpable. Yo estaba en paz. Ahora no estoy en paz". Yo, ahora, tampoco estoy en paz. Creo que aún tengo tiempo de saldar mi deuda.
Libros:
BOLAÑO, Roberto. Nocturno de Chile. Barcelona, Editorial Anagrama, undécima edición, 2013.
lunes, 22 de junio de 2015
Recomendación literaria: La casa de cartón (1928) de Martín Adán
Para cuando se publicó La casa de cartón, Martín Adán apenas contaba con veinte años y ya mostraba una genialidad sin precedentes en la literatura peruana: había escrito un libro único, prodigioso, dueño de una prosa poética envolvente y oscura. Aunque estas páginas apenas fueron conocidas por un pequeño circuito de escritores e intelectuales (entre los que destacan Luis Alberto Sánchez y José Carlos Mariátegui), tuvieron que pasar un par de décadas para que obtuvieran el protagonismo que se merecían y dejaran en evidencia que fue uno de los libros más revolucionarios durante los primeros años del siglo XX.
Esta obra de Martín Adán no puede ser clasificada en un género literiario específico: lejos de ser una novela, puede ser tomada como una serie de poemas en prosa o como pequeños microrrelatos, independientes entre sí, pero con un nexo en común: la mirada subjetiva de un escolar acerca de sus días de invierno, sobre los políticos y curas de su barrio, sus primeros amores, su amistad con Ramón y la construcción de un distrito de Barranco idílico, misterioso y bohemio. En sus páginas, cual diario adolescente, se descubre un escenario donde el amor vive en el acantilado, al lado de recuerdos oscuros y quejas sarcásticas, con hechos dolorosos y comentarios irónicos, donde la risa y la melancolía se encuentran en calles estrechas adornadas con casitas coloridas, envueltas en una neblina llena de misterio juvenil.
Pero lo que más se destaca de este libro es el lenguaje que emplea el autor para narrar los diferentes hechos y recuerdos en los que vemos cómo el protagonista parece no tener una edad propia; donde sus palabras parecen de un niño de comunión dominical así como de un adulto pecador; donde el amor tiene vida propia, pero no siempre es romántico, sino también doloroso y hasta sucio. También cabe destacar el capítulo titulado "Poemas Underwood", que consiste en una lista de frases que parecen sentenciar una serie de máximas acerca del hombre, el amor y la felicidad:
Pero los hombres se empeñan en amarse los unos a los otros.
Y, como no lo consiguen, acaban por odiarse.
La casa de cartón es un libro brevísimo pero que muestra un universo de sentimientos, añoranzas y vivencias donde el amor puro convive con el pecado mortal, vistos a través de un joven cuyas palabras nos construyen una ciudad pequeña que siempre mira la inmensidad del mar invernal.
ADAN, Martín. La casa de cartón. Lima, Adobe editores S.A., 2000.
Esta obra de Martín Adán no puede ser clasificada en un género literiario específico: lejos de ser una novela, puede ser tomada como una serie de poemas en prosa o como pequeños microrrelatos, independientes entre sí, pero con un nexo en común: la mirada subjetiva de un escolar acerca de sus días de invierno, sobre los políticos y curas de su barrio, sus primeros amores, su amistad con Ramón y la construcción de un distrito de Barranco idílico, misterioso y bohemio. En sus páginas, cual diario adolescente, se descubre un escenario donde el amor vive en el acantilado, al lado de recuerdos oscuros y quejas sarcásticas, con hechos dolorosos y comentarios irónicos, donde la risa y la melancolía se encuentran en calles estrechas adornadas con casitas coloridas, envueltas en una neblina llena de misterio juvenil.
Pero lo que más se destaca de este libro es el lenguaje que emplea el autor para narrar los diferentes hechos y recuerdos en los que vemos cómo el protagonista parece no tener una edad propia; donde sus palabras parecen de un niño de comunión dominical así como de un adulto pecador; donde el amor tiene vida propia, pero no siempre es romántico, sino también doloroso y hasta sucio. También cabe destacar el capítulo titulado "Poemas Underwood", que consiste en una lista de frases que parecen sentenciar una serie de máximas acerca del hombre, el amor y la felicidad:
Pero los hombres se empeñan en amarse los unos a los otros.
Y, como no lo consiguen, acaban por odiarse.
La casa de cartón es un libro brevísimo pero que muestra un universo de sentimientos, añoranzas y vivencias donde el amor puro convive con el pecado mortal, vistos a través de un joven cuyas palabras nos construyen una ciudad pequeña que siempre mira la inmensidad del mar invernal.
ADAN, Martín. La casa de cartón. Lima, Adobe editores S.A., 2000.
lunes, 4 de mayo de 2015
Recomendación literaria: La vida exagerada de Martín Romaña (1981) de Alfredo Bryce Echenique
La aparición de Un mundo para Julius marcó un acontecimiento significativo en el derrotero de la literatura peruana: La historia de un niño consentido que desde su mirada lanza una severa crítica a la aristocracia limeña a la que pertenecía; que fue publicada justo durante los primeros años del gobierno revolucionario de las Fuerzas Armadas, dirigida por Juan Velasco Alvarado. Más allá de la relevancia social y política que causó en 1970, la novela es genial en tanto la utilización del lenguaje con que el autor nos introduce a ese universo inocente y conmovedor; lenguaje que lo consagraría con Tantas veces Pedro y con la monumental La vida exagerada de Martín Romaña, libro que se complementa con El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz; denominados Los cuadernos de navegación en un sillón Voltaire, novelas que narran las aventuras, desgracias, ocurrencias y penas de un peruano en la Francia revolucionaria. Martín Romaña es un limeño de familia acomodada que ha decidido mudarse a París con la intención de convertirse en escritor. Ya en Europa, vive una serie de experiencias tragicómicas mientras espera la llegada de su amada Inés. Una vez que ambos se encuentran, Inés se contagia por las ideas marxistas durante la revolución de Mayo del 68, haciendo sufrir a Martín una serie de altibajos hilarantes, donde la ilusoria Octavia de Cádiz es la única que lo puede escuchar y comprender sus alteraciones nerviosas, manías, crisis positivas, además de buscar motivos que le devuelvan la alegría de vivir. Vale decir que esta novela contiene, quizá, dos de las mejores escenas humorísticas en la literatura latinoamerica: cuando Martín Romaña recibe una terrible noticia en una carta y cuando debe de ser operado de emergencia a raíz de un temor inexplicable que parece nadie puede curar.
Desde su aparición en 1981 hasta la actualidad, Martín Romaña se ha convertido en un personaje símbolo del amor nostálgico, el paradigma de la esperanza sumida en un entorno donde se combina el amor y la tragedia en una risa que se confunde con el llanto. Libro inspirador, adictivo y divertido; con una serie de momentos en donde se enredan las más ocurrentes experiencias que puede soportar un hipocondríaco -además de las apariciones de Julio Ramón Ribeyro y Alfredo Bryce en los momentos más inoportunos- asegura una larga compañía para naufragar en el mar de los recuerdos, a bordo de un sillón Voltaire.
BRYCE ECHENIQUE, Alfredo. La vida exagerada de Martín Romaña. Lima, Peisa, 2005.
Desde su aparición en 1981 hasta la actualidad, Martín Romaña se ha convertido en un personaje símbolo del amor nostálgico, el paradigma de la esperanza sumida en un entorno donde se combina el amor y la tragedia en una risa que se confunde con el llanto. Libro inspirador, adictivo y divertido; con una serie de momentos en donde se enredan las más ocurrentes experiencias que puede soportar un hipocondríaco -además de las apariciones de Julio Ramón Ribeyro y Alfredo Bryce en los momentos más inoportunos- asegura una larga compañía para naufragar en el mar de los recuerdos, a bordo de un sillón Voltaire.
BRYCE ECHENIQUE, Alfredo. La vida exagerada de Martín Romaña. Lima, Peisa, 2005.
martes, 28 de abril de 2015
Martes cinéfilo: La tumba de las luciérnagas / Mi vecino Totoro
De poder hacer una lista de las mejores películas de animación, definitivamente las dos que recomiendo hoy estarían presentes: La tumba de las luciérnagas, dirigida por Isao Takahata y Mi vecino Totoro de Hayao Miyazaki; ambas estrenadas en 1988, gracias a un acuerdo conjunto de ambos directores y productores de la misma casa cinematográfica, los estudios Ghibli; productora de otras geniales cintas como Pompoko, El viaje de Chihiro y El castillo ambulante. Estas películas tienen como punto en común la historia de dos hermanos que, por distintos motivos, deben de estar lejos de sus padres y, confiando en la esperanza de su retorno, deben de enfrentarse a los distintos avatares que la vida les presenta a su corta edad. En La tumba de las luciérnagas nos acercamos a un Japón que sufre los bombardeos norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial. Entre las ruinas que quedan de la ciudad de Kobe, Seita de 14 años y Setsuko de apenas 6, tratan de sobrevivir -primero donde sus tíos que no les agradan y luego en un abandonado refugio aéreo- buscando comida, vendiendo sus últimas pertenencias y construyendo pequeñas aventuras que los hacían olvidar por algunos momentos el sufrimiento que padecen. De más está decir que la carga dramática de esta cinta aparece desde el inicio, acompañada por recuerdos dolorosos y flashbacks que reflejan los momentos más crudos de la guerra. Por otro lado, en Mi vecino Totoro se recrea al Japón de la posguerra, donde las pequeñas hermanas Mei y Satsuki -quienes tienen a su madre enferma en el hospital y a su padre que trabaja la mayor parte del tiempo- se acaban de mudar a un pequeño pueblo ubicado muy cerca a un bosque de árboles enormes y frondosos. Mientras que estas niñas disfrutan la aventura de habitar un nuevo hogar, ciertas criaturas fantásticas se van presentando hasta que Mei, en su curiosa persecusión de los duendes del polvo, descubre al espíritu del bosque, Totoro, con quien inicia un viaje alucinante por todo el lugar; lo que hace la espera de la recuperación de su madre un proceso menos doloroso. Además de la capacidad de los creadores para poder expresar tantas y tan distintas emociones a través de sus protagonistas, la banda sonora que acompaña a las dos cintas produce un mayor estremecimiento ante el impactante desarrollo de las historias. Sin más información que dar para no caer en el malestar de spoilear, recomiendo que hoy vean estas dos geniales obras de arte del cine contemporáneo. Isao Takahata. Hotaru no haka (La tumba de las luciérnagas), 1988. Link idioma original y subtítulos es castellano: https://www.youtube.com/watch?v=M7HR-Xsq_qw
Hayao Miyazaki. Tonari no Totoro (Mi vecino Totoro), 1988. Link idioma original y subtítulos en castellano: http://www.cultmoviez.info/5615/my-neighbor-totoro-2.html
Hayao Miyazaki. Tonari no Totoro (Mi vecino Totoro), 1988. Link idioma original y subtítulos en castellano: http://www.cultmoviez.info/5615/my-neighbor-totoro-2.html
lunes, 27 de abril de 2015
Recomendación literaria: Me llamo Rojo (1998) de Orhan Pamuk
Existe un tipo de novelas cuyos inicios atrapan al lector desde la primera línea, debido a que en pocas palabras dan suficiente información como para que uno se cuestione de inmediato: ¿por qué el personaje está involucrado en esa situación? ¿Cómo va a resolver el problema que tiene por delante? Los preámbulos son dejados de lado: la historia arranca con una crisis épica cuyas posibles soluciones nos van a tener enganchados hasta que la última página nos oprima el corazón con el desenlace menos pensado. De este tipo, recuerdo el inicio de El túnel de Sabato: “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona”; o el espectacular comienzo de Crónica de una muerte anunciada del querido Gabo: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Que ambas novelas inicien con referencias a asesinatos no es coincidencia. La novela que hoy recomiendo, Me llamo Rojo del Nobel Orhan Pamuk, comienza de una manera igual de espectacular: “Ahora estoy muerto, soy un cadáver en el fondo de un pozo. Hace mucho que exhalé mi último suspiro y que mi corazón se detuvo pero, exceptuando el miserable de mi asesino, nadie sabe lo que me ha ocurrido”. El primer capítulo no solo nos indicará que leamos la novela para saber quién es el asesino y por qué lo mató; sino también para saber qué hay, cómo es y qué se siente en el otro mundo, el de los muertos. Nos ubicamos en el esplendor el Imperio Otomano, durante el siglo XVI, y el Sultán revela una solicitud sin precedentes: desea que los mejores ilustradores e iluminadores de sus extensas tierras armen un libro que el mundo nunca antes haya visto, con imágenes extraordinarias, de contenidos oníricos, de personajes maravillosos y escenas fantásticas; además de retratarlo a él, para inmortalizarse en un lienzo espectacular que el tiempo jamás podría destruir ni la memoria ocultar. Sin embargo, su impresionante petición carga con una pesada transgresión: El islam prohíbe que se erijan figuras para inmortalizarse. Los más deslumbrantes pintores se reúnen cada cierto tiempo en estricto privado para ir mostrándole al Sultán cómo iban avanzado los lienzos, donde los elogios no se reprimían en lo absoluto. El trabajo iba viento en popa hasta que regresamos al inicio de la novela: uno de los pintores es hallado muerto; el secreto empieza a conocerse y la investigación del asesino no tarda en realizarse. En una narración coral, donde cada personaje cuenta su historia de cómo este crimen los ha ido afectando, se enredan los recuerdos tormentosos, los encuentros furtivos, el erotismo artístico, los pecados, los temores religiosos, las dudas de fe y la esperanza en un final apoteósico, digno de una pintura inimaginable.
PAMUK, Orhan. Me llamo Rojo. México, Santillana Ediciones Generales, 2008.
PAMUK, Orhan. Me llamo Rojo. México, Santillana Ediciones Generales, 2008.
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