lunes, 27 de abril de 2015

Recomendación literaria: Me llamo Rojo (1998) de Orhan Pamuk

Existe un tipo de novelas cuyos inicios atrapan al lector desde la primera línea, debido a que en pocas palabras dan suficiente información como para que uno se cuestione de inmediato: ¿por qué el personaje está involucrado en esa situación? ¿Cómo va a resolver el problema que tiene por delante? Los preámbulos son dejados de lado: la historia arranca con una crisis épica cuyas posibles soluciones nos van a tener enganchados hasta que la última página nos oprima el corazón con el desenlace menos pensado. De este tipo, recuerdo el inicio de El túnel de Sabato: “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona”; o el espectacular comienzo de Crónica de una muerte anunciada del querido Gabo: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”.
Que ambas novelas inicien con referencias a asesinatos no es coincidencia. La novela que hoy recomiendo, Me llamo Rojo del Nobel Orhan Pamuk, comienza de una manera igual de espectacular: “Ahora estoy muerto, soy un cadáver en el fondo de un pozo. Hace mucho que exhalé mi último suspiro y que mi corazón se detuvo pero, exceptuando el miserable de mi asesino, nadie sabe lo que me ha ocurrido”. El primer capítulo no solo nos indicará que leamos la novela para saber quién es el asesino y por qué lo mató; sino también para saber qué hay, cómo es y qué se siente en el otro mundo, el de los muertos. Nos ubicamos en el esplendor el Imperio Otomano, durante el siglo XVI, y el Sultán revela una solicitud sin precedentes: desea que los mejores ilustradores e iluminadores de sus extensas tierras armen un libro que el mundo nunca antes haya visto, con imágenes extraordinarias, de contenidos oníricos, de personajes maravillosos y escenas fantásticas; además de retratarlo a él, para inmortalizarse en un lienzo espectacular que el tiempo jamás podría destruir ni la memoria ocultar. Sin embargo, su impresionante petición carga con una pesada transgresión: El islam prohíbe que se erijan figuras para inmortalizarse.
Los más deslumbrantes pintores se reúnen cada cierto tiempo en estricto privado para ir mostrándole al Sultán cómo iban avanzado los lienzos, donde los elogios no se reprimían en lo absoluto. El trabajo iba viento en popa hasta que regresamos al inicio de la novela: uno de los pintores es hallado muerto; el secreto empieza a conocerse y la investigación del asesino no tarda en realizarse. En una narración coral, donde cada personaje cuenta su historia de cómo este crimen los ha ido afectando, se enredan los recuerdos tormentosos, los encuentros furtivos, el erotismo artístico, los pecados, los temores religiosos, las dudas de fe y la esperanza en un final apoteósico, digno de una pintura inimaginable.

PAMUK, Orhan. Me llamo Rojo. México, Santillana Ediciones Generales, 2008.

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